Navegando por la red, encontré el siguiente decálogo, cuya autoría pertenece al escritor platense Cristian Vitale. Me detuve en el quinto principio (accediendo aquí, el amable lector podrá leerlo entero). El mismo dice:
«Una camisa sabiamente escurrida a mediodía deja un curioso charco sobre el barro. Ese poco de agua sucia se llama literatura. El resto se llama camisa.»
Imaginé que lo escurrido podría ser transpiración o, bien, sangre. Esto último, el texto no lo dice y de alguna manera lo niega, ya que habla de «agua sucia». En cierta forma, comparto el concepto romántico de que el artista para devenir como tal, debe sufrir primero. Pero una vez que la obra ha salido a la luz, en medio de los dolores del parto, es necesario trabajar sola y exclusivamente para ella. Dicen que Hume, en un principio, no firmó el Tratado de la naturaleza humana porque sostenía que el libro se autoabastecía, que tenía existencia propia, que prescindía del autor. Lo mismo sucede con el arte.
Más allá de que nuestra creación surja de un temblor interno, es menester, en una etapa posterior, trabajar para ella, olvidando los fragores de su concepción. Hablando de decálogos, Quiroga nos dice, en la séptima ley:
«No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.»
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